Hoy, esta soy yo.

Los últimos días han sido complicados para mi, estaba en un cansancio extremo, con una dieta más estricta, viendo jugar a mis hijas pero conviviendo poco con ellas. Y noté, sobre todo en la mayor, que me necesitaba. Que necesitaba a su madre fuerte y presente. Que necesitaba a esa madre conciliadora y apapachadora. Así que decidí que era momento de tomarme mis días de maternidad en el trabajo y retomar mi vida.

Pero justo hoy por la mañana, en mi segundo día de no ir a la oficina, ya me sentía muy aburrida y con ganas de correr al trabajo. Sin embargo, mientras transcurrían esas horas de descanso en las que puedes hacer lo que se te pegue la gana; como dormir sin que alguien vaya y te abra los ojos, sin entrar al baño y que alguien pregunte que haces, sin sentarte y escuchar «tengo hambre»; recordé cuanto se puede disfrutar el estar y sentirte en casa… sin presiones, sin estrés y sin plan.

Y me dí cuenta que no importa cuanto ame mi trabajo, también necesito un espacio y una pausa para pensar, respirar y caminar más lento.

Porque soy una mujer que muchas veces inclina la balanza hacia un sólo lado pero en cuanto puede, retrocede e intenta nivelarla. Una mujer que odia las tareas de la casa pero ama trabajar. Una mujer que adora a sus hijas pero también adora y necesita su espacio. Una mujer que si voltea diez años atrás jamás hubiera pensado que disfrutaría lo que hoy es su vida.

Así que hoy que la balanza mental se inclinaba hacia mi trabajo, respire y dije- me voy a dar la oportunidad de disfrutar el día. Sin complicaciones, intentando no pensar en los pendientes y sólo gozando de cada momento conmigo y más tarde con mis hijas.

Sé que no soy una mujer perfecta pero tampoco quiero serlo. Sólo quiero vivir en paz conmigo y los demás.


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