A un año de la pandemia

Los últimos días he pensado mucho sobre los cambios físicos, mentales, emocionales y espirituales que he tenido en esta pandemia. Muchos han sido deseados, otros necesarios y muchos más obligados.

Esta pandemia me ha convertido en una persona que jamás creí, he llegado a sentir mucho dolor, muchísimo dolor, diría yo, a subir mis niveles de ansiedad y de paranoia e inclusive por un tiempo, me ha llevado a la depresión . Pero también me ha ayudado a buscar dentro de mi esa paz que tanto anhelaba, me ha ayudado a reencontrarme, reconocerme, reaceptarme, readaptarme, valorarme y sobre todo, me ha ayudado ha replantear mis hábitos emocionales.

Este episodio de ya un año, me ha llevado al borde de todo; del llanto, del dolor, de la negación, de la frustración, de la angustia, del enojo, del miedo, del preguntarme mil y un veces el por qué. ¿Por qué a mis amigos? ¿ Por qué ella? ¿ Por qué él? ¿ Por qué ellos?, inclusive ¿ Por qué a mi?, porque buena o malamente, el dolor de mi familia directa, extendida y elegida, es mi dolor.

Pero como siempre lo digo, no todo es bueno o malo, por que esta pandemia de introspección, como la llamo yo, me ha guiado para sanar y hacer las pases con mi pasado, entre esas cosas esta el aceptar la muerte.

Desde niña mi relación con la muerte fue dolorosa, siempre tuve mucho miedo a sentirla o presenciarla, a que mis padres murieran o que alguien cercano a mi muriera; lamentablemente desde corta edad la canalicé como algo trágico y no logro recordad porqué. Pero pensar en ella, era un dolor que de verdad me hacia sufrir y sentir escalofríos. La vivía como un sentimiento de desolación y olvido, como un vacío total.

Fue hasta esta pandemia que entendí que siempre habrá dolor y duelo en la muerte pero también debe existir la aceptación y la continuidad de una vida terrenal para el que se queda, y una vida espiritual para el que se va. Entendí que la muerte me va a doler por el anhelo de ver, sentir, reír, llorar, inclusive discutir con la persona que se va, por que al final de los días, lo que más se extraña es la cotidianidad y no precisamente los momentos más espectaculares, por que estos últimos, siempre en vida o muerte se sentirán como un buen recuerdo.

Mi relación con la muerte de verdad que era muy dura, de mucha aflicción e incertidumbre, pero he comenzado a comprender que debo verla más allá del dolor y la desolación. Y esto que les voy a compartir hoy desde lo más sensible de mi corazón, y que puedo hacer después de muchas terapias y tareas de introspección, es lo que me ha ayudado a entenderla.

Todo comenzó un sábado por la mañana cuando recibí la primer llamada de aviso de que alguien había muerto. Era un día que no parecía gris, el sol se asomaba por mi ventana y eran cerca de las 9am de la mañana. Sí, era esa llamada que jamás piensas en recibir pero que algún día llega. Por que así es la muerte, no importa el día, la hora, siempre llega. Esa llamada era de la esposa de mi amigo, en donde me decía que él estaba muy enfermo y claro, yo con mi positivismo daba palabras de aliento. Aliento que nos duró un abrir y cerrar de ojos porque a las pocas horas me decía que él había muerto. Él, ese amigo que yo sabía que en las buenas o en las malas siempre me tendería una mano. Un amigo al que veía poco por el «trajín» de los días, pero que siempre que nos reuníamos había sonrisas, complicidad y unidad. Él se había muerto pero una parte de mi se había vaciado. Sufrí mucho, sentí perfecto como un enorme hoyo se abría sobre la tierra y yo caía. Como les conté, mi relación con la muerte no era buena. Quedé muy conmocionada y sentía que era un mal sueño, me pellizcaba para saber si seguía dormida o ya estaba despierta, deseaba que me llamaran de vuelta para decirme que era una mala broma y que todo y todos seguíamos aquí, igual, como siempre, pero esa llamada nunca llegó. Entonces comencé a preocuparme por su familia, a sentir angustia y dolor, pero sabía que él a su modo, les había entregado todo lo necesario para continuar y seguir adelante.

En ese punto me sentí obligada a comenzar a entender la muerte y quería hacerlo con los ojos de optimismo que él siempre tenía, pero no fue tan fácil. Lo único que me reconfortaba era el saber que en nuestra última llamada telefónica, fuimos francos y repasamos nuestra amistad sin saber qué sería nuestra despedida.

Después de ese momento, había días en que me cuestionaba porque la muerte me hacia sentir emociones tan revueltas e intensas y sobre todo porque me hacia sentir extraña, vacía y diferente. No eran todos los días ni con la misma intensidad pero ahí seguían.

Entonces fue ahí, cuando decidí que debía afrontarla con madurez y desde otra perspectiva, una más espiritual y menos dolorosa porque al final, es un momento que siempre iba a llegar. Así que comencé, sin saber que me estaba preparando para algo más grande, algo que me puso de rodillas ante la vida. Situación que me enseñó a valorar la existencia en todos los terrenos humanamente conocidos.

Y estaba ahí de nuevo, en otro sábado por mañana, en donde mi teléfono sonaba para avisarme que una de mis mejores amigas había muerto. Estoy hablando de esas mejores amigas con las que escribes a las 2 am y te ríes ó lloras ó lloras de risa. De esas con las que me quejaba de la maternidad sin sentirme señalaba y de las que daba gracias al cielo por ser madre. De esas en donde mi dualidad femenina no se sentía juzgada.

Su muerte me colapsó en todo sentido, la extrañaba. En mi soledad renegaba a la vida el que ya no estuviera aquí, no podía hablarlo con nadie porque sentía que nadie podría entender el hilo que pensaba se había roto en mi. La complicidad que ella y yo teníamos sólo la conocíamos nosotras mismas. Y lo más difícil fue darme cuenta que la próxima vez que fueran las 2am y no pudiera dormir, ya no estaría. Y fue ahí, en ese agobio, en el que entendí que debía de verdad sanar mi relación con la muerte, por que el aire me faltaba y me quedaba sin aliento. Debía hacer las pases con esa emoción y entonces, me puse a escarbar en mi. Por que yo sabía que ella hubiese querido que yo siguiera mi camino contenta y feliz. Por lo que entendí, que nunca más debía estar triste, porque en ese más allá tan incierto y que tanto me angustiaba, algún día, ella me esperaría. Así fue como ella desde su energía me ayudó a entender esa trascendencia y a poco a poco ir sanando. Claro que la muerte me seguirá doliendo pero diferente, porque ahora conlleva un anhelo y una paz. El anhelo de saber qué un día nos reencontraremos; mientras tanto, ella vive su fiesta en la luz y yo debo vivir la mía en la tierra. Disfrutar el día a día y sobre todas las cosas, disfrutar con la trascendencia que ha dejado en la tierra que es…su familia.

Poco a poco fueron pasando los días y fui entendiendo más y más este desconcierto y esta dualidad de vida y muerte. Por que como una vez me dijo mi hija Sofia- Mamá, no sufras, la muerte es parte de la vida. Si hay muerte es porque hubo vida. Vaya cosas, mi hija de entonces 8 años, dándome lecciones de vida.

Claramente nunca estaré preparada para recibir estas noticias, noticias que les pido, nunca den por la mañana, esperen al medio día. Den oportunidad a las personas de despertar y sentir el calor de un nuevo amanecer, y así tener la tarde para llorar, orar y estar tan cansados de noche, que puedan descansar. Poco a poco he ido entendiendo que siempre necesitaré tiempo y duelo para sanar.

Y bueno, este proceso de entendimiento ha sido agotador y necesario. Porque cada muerte es y se siente diferente pero hay que llenarnos de herramientas para aceptarla y seguir adelante. Y aunque estas herramientas nunca serán suficientes, la forma de enfrentar el momento definitivamente sí podemos canalizarlo diferente..

Esto lo entendí cuando nuevamente otro sábado por la mañana estaba el mensaje que menos deseaba recibir , porque sí bien, mis otras dos pérdidas fueron dolorosas, al menos fueron intempestivas, este mensaje de aviso no lo era.

Había pasado semanas de agobio y apoyo a mi hermana elegida. Una hermana que nunca tuve de sangre pero la mejor hermana de corazón. Semanas en las que rezábamos, llorábamos, suplicábamos y nos enojábamos cada una desde su trinchera. Aviso en el que me decía que su esposo había fallecido. No saben cuanto dolor sentí y es que sufre tanto el que pierde como el que lo acompaña. Aquí me di cuenta que todo ese proceso de sanación ante la muerte no era suficiente. Por que ahora yo, me sentía muerta en vida. Ya eran demasiadas pérdidas en un tiempo muy corto, aún no lograba sanar una herida cuando ya tenía otra. La diferencia esta vez, es que ella no había partido, ella seguía aquí y me daba impotencia el sentimiento de no poder ayudarla, de no tener palabras suficientes para darle alivio, de tener brazos tan cortos que no pudieran cobijarla en donde fuera que estuviese. Y comprendí que se puede morir de dos formas, se puede morir con tu último aliento y se puede estar muerto aún respirando. Así me sentía yo, muerta en vida.

Era un cúmulo muy grande de emociones, de caídas y levantadas, y lo último que yo quería era eso para ella. Yo no quería que sufriera, porque bien dicen, el dolor es inevitable pero es sufrimiento es opcional, y no quería que esa fuera una opción para ella. Lo último que deseaba era que pisara el túnel de la depresión porque yo he estado ahí y se que está lleno de arenas movedizas que minuto a minuto tragan una parte de ti.

Aquí comenzó otro duelo en mi, el duelo de la muerte en vida, esa que entristece más que ninguna, esa en la que ves todo gris aunque sea colorido. La vida me puso nuevamente sobre la lona, pero con el transcurrir de los días, me di cuenta que debía despertar, aceptar, abrazar la muerte en todas sus facetas y avanzar porque todos los que seguimos aquí merecemos una vida llena de matices . Así que debía salir de ese hoyo profundo, agradecer por el tiempo vivido y disfrutado a lado de cada una de las personas que habían partido, debía mantenerlas en mi memoria, debía sentirlas, inclusive hablar con ellas y agradecerles todo los momentos que vivimos juntos, pedir perdón si las había lastimado y perdonarlas si hubiese algo que me hubiera lastimado, porque su partida era física pero su permanencia en mi corazón es y será para siempre.

Cada persona canaliza sus emociones y sentimientos de forma diferente, cada una tiene sus propios duelos con sus propios tiempos. El sanar y entender la muerte merece tu propio tiempo y espacio, pero como decimos en mi clase de yoga, poco a poco pero no poquito.

En caso de que estes en un proceso de duelo deseo que éste vaya avanzando a tu paso, a tu ritmo y que termine pronto. Siempre hay una pequeña luz al final del túnel y nada dura para siempre. Y recuerda que los que partieron seguirán unidos a nuestro corazón por la eternidad.

  • En honor a todos los que partieron, y en agradecimiento a todos los que seguimos en vida compartiendo . Si seguimos aquí, hagamos que valga la pena vivir, porque siempre hay un mejor mañana.

Every morning we are born again. What we do today is what matters most. -Buddha

Con amor, Vanessa.

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